Santa Isabel de Aragón y San Joaquín

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BIOGRAFÍA DE SAN FRANCISCO DE PAULA

Nacimiento y niñez

 

Francisco de Paula nació en Paula en 1416, probablemente el 27 de Marzo. Su padre, también natural del mismo pueblo, se llamaba Jaime Martolilla (aunque una vieja biografía le apellida Salicone y, durante mucho tiempo, se ha sostenido erróneamente que el apellido verdadero era D'Alessio, cuando en realidad parece que éste fue el apellido del cuñado del Santo). La madre era conocida como Vienna y era natural de la cercana localidad de Fuscaldo. Al nacer Francisco, advirtieron un grave defecto en uno de sus ojos. Cuál fuera el alcance verdadero de tal defecto es difícil aclararlo. Las fuentes más antiguas se refieren aparentemente a una carencia total; los biógrafos posteriores se inclinan por pensar en un absceso en el ojo o en una mancha en la córnea (¿tal vez un ojo “cerrado”?); en todo caso se trataría de un mal de una entidad e importancia suficientes para dejar aquel ojo inservible... Por ello, se pidió la intercesión de San Francisco de Asís, prometiendo con voto que, si el neonato se curaba, vestiría a su debido tiempo el hábito franciscano por al menos un año. A la curación subsiguiente atribuyen algunas fuentes también la imposición del nombre de Francisco (otras parecen inclinarse por la previa y normal devoción de los progenitores hacia el santo de Asís).

Numerosas son las tradiciones que se han ido transmitiendo y desarrollando sobre la niñez de San Francisco, especialmente sobre su devoción mariana, su piedad y amor al retiro, etc. Hay que advertir, sin embargo, que son tradiciones poco o nada documentadas, fruto de la hagiografía que en el siglo XVII tendía tanto a integrar piadosamente aquella época de la vida del hagiografiado de la que no se poseía información como a engrosar la lista de prodigios..

 

Año votivo con los franciscanos

 

Entre los 13 y los 15 años de su edad, Francisco fue llevado por sus padres, en cumplimiento del voto que habían hecho, al convento de San Marcos Argentano, donde vistió el hábito votivo; no era la casa de franciscanos conventuales más cercana, pero suele justificarse, aunque no es seguro, que el superior de la misma, P. Antonio de Catanzaro, era conocido de los padres, lo que tal vez explicaría la elección de aquel convento.

Allí pasó un año aquel jovencito y no está fuera de lugar pensar que aquella estancia le fuera provechosa como escuela de oración, de vida religiosa, tal vez de algunas letras....La descripción que el biógrafo Anónimo contemporáneo (presuntamente un discípulo) hace de la vida del joven durante este año votivo viene siendo interpretada literalmente; sólo algún historiador ha creído hay que comprender atemperadamente el alcance de la expresión “empezó a observar vida cuaresmal”. Sin embargo, parece más adecuado pensar que lo que el biógrafo Anónimo hace es retrotraer a ese año votivo lo que van a ser los rasgos característicos de toda la vida de Francisco (servicio a Dios y a los hermanos, trabajo manual, dedicación a la oración, devociones, vestido pobre y austero, régimen cuaresmal estricto, confianza en Dios, perseverancia, suscitando admiración y afecto en los demás, sintonía con la jerarquía eclesial...). También las tradiciones sobre los prodigios obrados por el joven Francisco durante aquel año parecen moverse en mimesis con los milagros posteriores (cocimiento “instantáneo” de la comida, bilocación, llevar fuego, etc.). Adviértase que lo que en el fondo se nos está transmitiendo es una vida de continuidad; la de San Francisco de Paula no es una vida y vocación de saltos bruscos y cambios espectaculares, sino una dinámica linealidad, un crecimiento continuo en una dirección única.

Otro tema que suele tocarse, al hilo de la estancia del santo paulano en San Marcos, es el de su “franciscanismo”. Aún hoy no es infrecuente que el cristiano de a pie que no conoce con cierto detalle a los mínimos suela considerarlos de entrada como una rama franciscana. Empero, tan equivocado parece en este tema querer subrayar una dependencia cuanto negar cualquier tipo de influencia. Hay que advertir que las fuentes más antiguas siempre presentan la vestición del hábito de los Menores por el joven de Paula bajo el prisma de la devotionis causa, nunca bajo la orientación de la vocación religiosa a la Orden franciscana. Podría, no obstante, llegar incluso a admitirse si se quiere una especie de “noviciado” o “probación”; sin embargo, las fuentes son rotundas en cuanto a no pasar más allá, es decir a la exclusión de una profesión religiosa en San Marcos (la propia bula de canonización lo indica expresamente). Esto no debe suponer en ningún modo el rechazo absoluto de cierta influencia franciscana sobre el Santo y su movimiento religioso. La conciencia de originalidad y distinción no puede hacerse a costa de negar notables puntos de contacto; aun hoy tal vez lo más parecido a los mínimos sea la observancia franciscana.

 

Peregrinación a Asís

 

Al final del año votivo, acompañado por sus padres, emprende una peregrinación a Asís y, según el biógrafo Anónimo, a Roma. En la ciudad santa sitúa el mencionado biógrafo un episodio significativo: el reproche efectuado a un Cardenal del boato y séquito que ostentaba; el criterio al que el joven Francisco se reclama es el evangélico; la sola referencia en el Anónimo (única fuente antigua que relata el episodio) no parece que baste a descartar sin más la veracidad histórica del hecho, tanto más que es de creer que, aunque hubieran tenido conocimiento de él, los redactores de la bula de canonización tenían sus propios motivos para silenciarlo (¡la Iglesia romana de 1519 no estaba menos necesitada de reforma que la de noventa años antes!).

Que a la vuelta de la peregrinación (o durante ella) Francisco visitara otros monasterios o eremitorios (probablemente Monteluco, aunque cronistas muy posteriores se refieren también a Montecassino y hasta al santuario de Loreto) es un dato no preterible; pìénsese en lo esencial que resulta para la incoación de la vida religiosa la necesidad del “maestro”, del colocarse bajo la experta autoridad de alguien que se halla más avanzado en el camino de la perfección, en el seguimiento radical de Cristo.. A buen seguro que la experiencia de San Marcos Argentano fue formativa para Francisco, pero no iba más allá de la vida cenobítica, a la que él no parecía sentirse llamado, y no podía por tanto subministrarle la vivencialidad de quien se ha dado al servicio divino en la vida solitaria. Lo único que sorprende en Francisco de Paula es la exigua duración temporal, casi anecdótica, de su discipulado. Tal vez de lo insólito de tan breve etapa de aprendizaje tome causa la dilatada (y dudosa) estancia en Montecassino (y en un monasterio de dependencia cassinense en Cosenza) que relataron Montoya y otros

 

Inicio vida de ermitaño

 

Según la documentación, terminada la peregrinación, regresada la familia a Paula, Francisco inicia su vida eremítica, con una determinación tan determinada que no llegó siquiera a entrar en el poblado, retirándose, según el Anónimo, a un lugar propiedad de sus padres, donde se mantiene de lo que éstos le suministran. Siempre según el Anónimo, pasado un tiempo se retira a un lugar más apartado. Al parecer, habita primero en una gruta o choza (dicen las fuentes que “cava” un ínfimo refugio; nótese la semejanza con los antiguos anacoretas del desierto) y después comienza a construir un oratorio; probablemente se trata de una primera ermita con algunas habitaciones anexas, a medida que se le empiezan a unir algunos compañeros. En un momento bastante posterior, cuando ya la fama de probidad de Francisco se ha extendido, se inicia la construcción de una iglesia. Estos son los rasgos que parecen recabarse de esta primera y oscura época, en la que la documentación no siempre es ni precisa ni enteramente conciliable. Hay que pensar en la edificación de iglesia y convento de una forma muy paulatina, en la medida en que las necesidades lo requerían y no menos en la medida en que los recursos lo permitían. De hecho, hay declaraciones de testigos relativas a los sucesivos (o mejor, continuos) trabajos de construcción desde alrededor de 1455 hasta por lo menos veinte años después.

Poco a poco la fama sobre la vida y virtud del eremita paulano se irá difundiendo. Su género de vida peculiar, su austeridad penitente, van alimentando una fama de santidad que pronto se verá reforzada por la difusión de los prodigios obrados. La gente confluye a Francisco: necesidad, curiosidad, devoción... Enfermos, bienhechores, fisgones, desde el fervor hasta el recelo... Y entre ellos, algunos que quieren llevar su mismo modo de vida, atraídos por su ejemplo, en sintonía con él, buscando su maestría y adiestramiento... Son los primeros discípulos, es el inicio de lo que, andando el tiempo, será la Orden de los Mínimos.

 

La primera comunidad

 

Los historiadores tradicionales de la Orden sitúan su origen en 1435. Sin embargo, hoy se tiende, privilegiando ciertas fuentes, a considerar bastante infundado un origen anterior a 1450 o, para ser más exactos, a 1452. Sintetizando, podemos resumir las razones en que tal es el año en que monseñor Pirro Caracciolo accede a la sede de Cosenza, no existiendo ninguna documentación oficial que sustente directa y explícitamente una eventual vinculación entre el movimiento eremítico surgido en torno a Francisco y monseñor Berardo Caracciolo, el obispo predecesor de Pirro. Si se lee atentamente la documentación (Decet Nos de 1470 y súplicas posteriores a Roma), parece incluso que 1450 sea no ya la fecha de fundación, sino de la vida eremítica solitaria de San Francisco (con la tentación de retrasar la fecha de su nacimiento...) o al menos del asentamiento definitivo.

Quiénes fueran estos primeros compañeros es también cuestión irresoluble. Sí podemos aventurar que al principio eran todos laicos (y lo siguieron siendo mayoritariamente durante un cierto período de tiempo)..

 

Roma investiga

 

La común voz y fama se extendieron de forma que, andando el tiempo, llegaron hasta Roma y motivaron la primera investigación pontificia. Éste es un episodio importante, y merece ser tratado con cierto detenimiento. Hay que abordar primeramente su fijación cronológica. El episodio se sitúa explícitamente, por la bula de canonización, en tiempos de Paulo II, es decir a partir de 1464 y no después de 1471. La historiografía tradicional lo fechaba en 1469 (Lanovius, Toscano, Dabert) o en 1470 (Giry, Perrimezzi, Roberti); pero hay que advertir que ello se debe a que, para tal historiografía, Francisco estaría entre 1464 y 1467 en Sicilia (fundación de Milazzo en 1465), pero ya Roberti señalaba lo difícil de conciliar esta cronología con los datos que se infieren de las declaraciones procesales. Alessandro Galuzzi, el más importante historiador de este período, prefiere situar la visita del enviado papal en 1467, basándose en la declaración del testigo 57 del Proceso cosentino. La intención de la indagación pontificia nos viene presentada en la documentación: informarse sobre la vida, sobre los milagros y fama de Francisco. El Papa Paulo, ante los rumores que llegan a Roma (tal vez no todos con tintes favorables al ermitaño) decide enviar una persona de confianza (un cubicularius) para que averigüe. No se trata de aprobar el movimiento eremítico (esa investigación se hará más tarde, a partir de la aprobación diocesana), sino de vigilar, enterarse, ver de qué va realmente este Francisco. Si se lee la documentación relativa a la investigación, se colige, no obstante, que lo que el enviado papal parece poner en cuestión no es tanto (o no es sólo) la forma de vida del propio Francisco cuanto la posibilidad de la extensibilidad de un género de vida tan riguroso a otros (parece que en el trasfondo lo preocupante no es sólo la persona de Francisco, sino implícitamente su ser punto de referencia y de seguimiento para otros). El encuentro culmina con una acción prodigiosa de Francisco y la subsiguiente conversión o cambio de actitud del cubiculario respecto al ermitaño; el enviado regresó a Roma y narró al Papa el prodigio del cual había sido testigo. Quién fue este enviado papal es algo que la documentación no revela; sólo nos dice que era “canónigo y persona importante”, ordenado sacerdote hacía 30 ó 33 años( hay aquí una extraña discrepancia entre las dos fuentes primigenias), oriundo de una región lejana y que venía por primera vez a Calabria. La tradición lo quería natural de Génova, de la familia Adorno; en tal línea, se señaló el nombre de Jerónimo Adorno; en sucesivos estudios, Galuzzi expresó, en primer lugar, sus reservas sobre tal identificación y ya desde 1970 mantuvo que el cubiculario o camarero se trataba de Baltasar de Gutrossis, también llamado Baltasar de Spigno, de la diócesis de Savona, el mismo que hacia 1470 o poco antes pasaría a formar parte de los seguidores de Francisco (tradicionalmente considerado el primer sacerdote que entró en la Congregación), cuyo paso a la condición eremítica será autorizada definitivamente por el Papa Sixto IV en 1473. Hay que advertir que los argumentos probatorios de tal identificación nunca fueron explicitados con claridad por Galuzzi y aparentemente se trata de razones indirectas, aunque hay que reconocer que hasta la fecha nadie se ha ocupado de rebatir o cuestionar tal identificación. Y cabe recordar que el propio Galuzzi esperaba publicar nuevos documentos al respecto. En tanto no accedamos a esta nueva documentación es legítimo plantearse interrogantes; entre las pocas fuentes ajenas que el Anónimo cita se encuentra precisamente el Padre Baltasar de Spigno; sin embargo, de esta indagación pontificia no se hace ninguna mención, ¿cómo entender que tal episodio se omitiera, teniendo en cuenta el prodigio obrado?

Del mismo año de la indagación pontificia (1467) data, por otra parte, la primera conocida concesión de indulgencias al eremitorio de Paula (“eremitorio de San Francisco, en Paula, diócesis cosentina”) expedida por tres cardenales para ayudar a la reparación y conservación de los edificios y del material de culto.

 

Institucionalización formal

 

La aportación de Baltasar de Spigno (del que ya los antiguos cronistas dicen de él que “por él la Orden progresó” o “se incrementó”) debió de ser determinante en orden a la institucionalización del movimiento de Paula. Recordemos que se trata de un personaje de curia, doctor en ambos derechos (según el Anónimo) y el único eremita que en la constitución Decet Nos (aprobación diocesana) es mencionado por su nombre junto a Francisco (“fray Baltasar, sacerdote”). La citada Decet Nos constituye la carta fundacional de la congregación (hasta entonces se presume que Francisco y sus compañeros sólo contaban con una aprobación oral). Normalmente, el reconocimiento canónico viene a culminar el proceso fundacional. Es lo que se conoce como “erección” de un instituto. Tal carácter puede sin duda atribuirse a la Decet Nos, aunque también sería conjeturable situar esa aprobación en un momento anterior (a la supuesta aprobación oral o incluso a la puesta de la primera piedra cuya intención declaraba el propio arzobispo Caracciolo en 1467); se tendría así un reconocimiento jerárquico del que la Decet Nos sería una prueba posterior. Desde esta perspectiva, más que otorgar validez al movimiento, la constitución del arzobispo cumpliría la función de prueba que oponer frente a eventuales cuestionamientos. Fechada tradicionalmente en 30-11-1471 y revisada la interpretación de la fecha por Galuzzi, quien finalmente defendió la datación en 30-11-1470 (rectificación que apenas ha suscitado oposición directa), podemos compendiar su contenido y los datos que ofrece :

.Confirma a los eremitas en la posesión y exención del oratorio o iglesia de San Francisco en Paula, que fue erigido con la anuencia del mismo arzobispo; en dicho oratorio con anexo dormitorio Francisco ha llevado una laudable vida de ermitaño durante unos 20 años; allí Dios ha obrado y obra por su mediación frecuentes milagros (!), acudiendo multitud de gente; muchos (clérigos y laicos) vistieron el hábito eremítico asociándose a Francisco.

.Confiere a Francisco, como superior, plena jurisdicción sobre los religiosos (incluida la facultad de hacer estatutos y ordenaciones para la observancia de tal vida).

.Autoriza a recibir lugares, oratorios e iglesias, y a recibir en la congregación a eclesiásticos y seculares que quieran recibir el hábito eremítico y prometer observancia de castidad, pobreza y obediencia.

.Concede a la congregación los privilegios de los Mendicantes.

.Exime a Francisco y compañeros (y a sus lugares y oratorios con todos sus derechos y pertenencias) de jurisdicción parroquial y de su propia jurisdicción episcopal, poniéndolos a dependencia directa de la Sede Apostólica.

Llegados a este punto, podemos ya comenzar a extraer conclusiones generales sobre el origen de la Orden. Lo primero que hay que advertir, y que constituye un factor que marca diferencias respecto a otras fundaciones (especialmente modernas), es que la congregación no surge como respuesta a una necesidad (social o de apostolado) previa de la Iglesia o la sociedad de su tiempo, al menos directa y conscientemente. No constituye tampoco un deliberado intento de reforma eclesial. No hay en los inicios ni siquiera una pretensión de fundación nueva, ni siquiera una pretensión de comunidad. En los inicios no parece haber en Francisco más intención que la referida a su ámbito personal. Su vocación es la de un anacoreta, un ermitaño. Y lo será siempre (los testimonios sobre un Francisco inserido en la vida comunitaria son más bien escasos y genéricos, en contraste con aquellos que lo sitúan llevando casi una vida religiosa “aparte”. En la medida en que se le unen compañeros y se requiere una organización, el ermitaño se convierte en ermitaño + fundador, sin que nos sea posible determinar el momento en que Francisco se percibe a sí mismo como fundador.

Atendiendo a lo que dimana de los procesos, del Anónimo, de la Decet Nos y, especialmente, de las súplicas (documentación importantísima) que entre 1471 y 1473 dirige el arzobispo de Cosenza a Roma, nos es dado hacer una especie de ligera descripción de este primer grupo de seguidores simplemente dejando hablar a los textos:

.Por qué lo siguen: arrastrados por su vida virtuosa, por sus virtudes, queriendo llevar su misma vida...

.En qué lo siguen: abrazar la vida solitaria, llevar vida de ermitaños, prestar continuamente servicio a Dios, ad obsequium divinum, vivir según el estilo de vida de Francisco y misma austeridad...

.Signos externos: el mismo hábito, vestir su sayal, vivir bajo hábito eremítico, túnica con capucho y cíngulo...

.Quiénes eran: ciertos frailes conversos, clérigos y laicos, doce de número (¿profesos?) y otros (¿”aspirantes”?), hábito laical...

.Valoración de su vida: santa, religiosa, eremítica, caritativa...

.Qué hacen: ayunan en lo que las fuerzas lo permiten, duermen vestidos, a horas fijas se dedican a la oración, no tienen nada en propiedad, no tocan dinero, viven de limosnas, nunca comen carne ni huevos ni lacticinios, usan siempre manjares cuaresmales, trabajan ampliando las celdas, el convento...

.Qué efecto tienen sobre la gente: su vida aprovecha a la salud de las almas de muchos, muchas buenas obras se han operado por su causa, concordias y paces (reconciliaciones) y muchos males se han evitado y se evitan...

.Denominaciones: "Francisco de Paula (pobre) eremita (laico) de la diócesis de Cosenza", "Francisco y (su congregación de) hermanos ermitaños", "Francisco y sus compañeros de dicho eremitorio", "Francisco y ermitaños"...

Como consecuencia de las posibilidades abiertas por la Decet Nos, con tal reconocimiento formal, Francisco podría comenzar a atender las peticiones y ofrecimientos que le llegaban para que estableciese oratorios o casas en otras poblaciones. Hasta entonces, la documentación sólo se refiere al eremitorio y oratorio de San Francisco (de Asís) en Paula (todavía en 1473 el arzobispo Pirro sólo se refiere a Paula; lo mismo puede decirse del privilegio del rey Fernando de Nápoles expedido el mismo año). Pero es que, si hay que atender a lo que nos dicen las fuentes procesales, Francisco no tenía tampoco intención de expandir su movimiento; la segunda fundación, la de Paterno, no la llevó a cabo más que después de numerosas peticiones. Y aquí se nos va dibujando una imagen de Francisco que iremos viendo corroborada en su vida: la de no obrar en decisiones importantes al primer impulso, sino después de una deliberación profunda y sospechamos que no fácil; no conduce vida eremítica sino después de una peregrinación discernidora y formativa, no admite compañeros sino al cabo de cierto tiempo, se decide a fundar Paterno sólo tras insistentes súplicas, tardará en partir para Francia, duda sobre si imponer la vida cuaresmal absoluta o dispensarla en la itinerancia, tardará años en decidirse a asumir una paternidad normativa respecto a una Orden de monjas de clausura; además, si exceptuamos su vocación eremítica y la intentio de vida cuaresmal, en los casos que hemos mencionado la iniciativa es siempre extrínseca, aunque el hecho sea después asumido en plenitud y protagonismo por Francisco, quien nunca se limita a ser mero comparsa o a dejarse llevar sin más por instancias ajenas... Como otros muchos datos de la vida de Francisco de Paula, también la fecha tradicional de la fundación de Paterno ha sido puesta en discusión. Hoy parece conjeturarse una fundación con un término a quo hacia 1472; a esta época pertenece tal vez también la fundación de Spezzano....

 

Aprobación pontificia

 

Como consecuencia de la petición presentada por Francisco de Paula (y no menos de las súplicas de Mons. Pirro Caracciolo a la Santa Sede), el Papa Sixto IV instruye una segunda investigación pontificia. Ya no se trata, como en 1467, de averiguar sobre un personaje sospechoso, sino que la indagación actual (breve Hiis que pro, de 19-6-1473) se orienta a la aprobación de la congregación de ermitaños. Se trata, pues, de una investigación oficial (la de 1467 era una indagación privada) que se ordena efectuar al obispo de San Marcos Argentano, instándole a que compruebe la veracidad de lo que ha sido expuesto por Francisco en su petición (respaldada por el arzobispo Caracciolo) y facultándole para que en su caso apruebe el movimiento auctoritate apostolica. Sin embargo, tal aprobación delegada no debió bastar (o fue cuestionada en su autenticidad o validez), porque Francisco elevó petición de confirmación al Papa; la concesión de lo solicitado se plasmó en la bula Sedes Apostolica de 17-5-1474.

Esta bula, que da cuenta del iter seguido hasta el momento por el movimiento eremítico de “fray Francisco de Paula y los restantes ermitaños del eremitorio y oratorio de San Francisco en Paula” (oratorio y dependencias anexas que seguían edificándose y ampliándose con las limosnas de los fieles), confirma la aprobación, licencia, donación y especialmente exención de jurisdicción parroquial y diocesana otorgadas en su día por el arzobispo Pirro y confirmadas auctoritate apostolica por el obispo de San Marcos; expresamente reitera la exención y liberación de toda jurisdicción no sólo en la iglesia cosentina sino también de la potestad de otros arzobispos, obispos y autoridades eclesiásticas en cuyas respectivas jurisdicciones “existen o pueden existir de cualquier modo en el futuro vuestros eremitorios e iglesias, ermitaños y personas, cosas y bienes”, quedando a la inmediata protección y dependencia de la Santa Sede.

Aprobada la congregación en estos términos por Roma, aquel pequeño (pero creciente) grupo de ermitaños repartidos en dos o tal vez tres casas en la diócesis cosentina, se expansionará más allá de dicha diócesis... Puede que hacia 1476-1478 se fundara Corigliano... No hay documentación explícita, pero la tradición mantiene con fuerza que hacia 1477 los ermitaños irían a Castellammare di Stabia...

Recordamos que ya la Decet Nos facultaba a Francisco a extender estatutos y ordenaciones. Se ha aseverado que durante estos primeros tiempos la reglamentación de la congregación giraba en torno a la Regla franciscana; la sombra del franciscanismo aparece otra vez sobre el movimiento eremítico. No es una línea de pensamiento equivocada si se considera que la sola experiencia comunitaria de Francisco es la del convento de menores de San Marcos Argentano; sin embargo, no parece suficiente el testimonio de un episodio puntual y anecdótico para sustentar que “todos” los aspirantes fueran habitualmente enviados por Francisco a hacer un año de experiencia con los franciscanos de Cosenza.

 

Actividad taumatúrgica de Francisco

 

Durante la construcción de los primeros conventos (sobre todo los de Paula y Paterno, lo que nos hace pensar que fueron las dos casas donde Francisco pasó la mayor parte de tiempo antes de su viaje a Francia, sin olvidar la idea que emerge en las declaraciones de muchos testigos en el sentido de que allí donde iba “edificaba lugares y monasterios”; no deja de ser curiosa esa presentación aparente de Francisco como andarín y maestro de obras...) nos son narrados multitud de milagros, muchos de ellos ligados a percances sobrevenidos durante la construcción... Y también muchas curaciones, mucha gente que acude a Francisco buscando salud, buscando un remedio para sus males. Podemos afirmar que la mayoría de milagros que nos relatan los biógrafos posteriores de San Francisco se encuentran documentados en los procesos; pero son prodigios que en las vidas se adornan, completan, agrandan, fácilmente se tiende a novelar, a dar tintes legendarios, a vivificarlos de un modo frecuentemente artificioso...

También hay que recalcar, respecto a este período, cómo Francisco, siendo un ermitaño, no era, sin embargo, ajeno a los problemas del mundo de su tiempo. Francisco de Paula se relaciona con los demás, se preocupa de los problemas, de los sufrimientos, de las esperanzas de sus coetáneos. Su intervención en la escena pública queda denotada por la inestabilidad de su relación con Fernando de Aragón, rey de Nápoles. Ya hemos mencionado que en 1473 el rey emite un privilegio tomando a Francisco y sus compañeros de Paula bajo su “protección y defensa”. Si atendemos al Anónimo y a la fecha tradicional de fundación (o de intento de fundación) del convento de Castellammare di Stabia, hacia 1477 Francisco sufre la oposición del Rey y de los nobles. Sería en esta etapa de relación conflictiva cuando habría que situar el intento de prendimiento que el Anónimo nos relata. Hacia 1479 hay otro acontecimiento digno de reseñarse, porque nos ha llegado reiteradamente documentado; nos referimos a la predicción y a la actitud de Francisco sobre los hechos de Ótranto. Francisco predice la invasión otomana e incluso sabemos (por los procesos) que llegó a escribir al rey previniéndole; hay que subrayar la importancia de la declaración procesal; el tono que pone el testigo en labios de Francisco es de reproche y censura hacia el monarca: ¡un ermitaño que le dice a su majestad lo que tiene que hacer! No es de extrañar que las relaciones pudieran ser bastante tensas en determinados momentos. Y el hecho es importante en cuanto manifestativo de la libertad de espíritu de Francisco y su proceder no haciendo acepción de personas, sin temor a enfrentarse, cuando se convence de la conveniencia y gravedad del asunto, con los poderosos. Si bien la concepción de un Francisco de Paula paladín de los derechos de los pobres y en constante defensa de los desvalidos frente a sus opresores tiene no poco de romántica y deriva más de la admiración panegírica (e incluso últimamente, con demasiada frecuencia, de la aplicación a Francisco de los propios presupuestos ideológicos) que de un examen riguroso de las fuentes, el episodio mencionado nos previene contra la tentación de la extrema visión contraria, la de un ermitaño fuera del mundo y viviendo un espiritualismo desencarnado.

Francisco sufrirá también la oposición de otras personas, no necesariamente malintencionadas. Como ejemplo, podemos referirnos a un incidente que tenemos repetidamente relatado (en los procesos, en el Anónimo): el de la visita del P. Antonio Scozetta, un predicador franciscano que desconfía del eremita al que muchos tienen por santo, pensando que enreda a la gente aprovechándose de su ingenuidad, ejerciendo de curandero en perjuicio de quienes conocen el arte médica y, por tanto, de los sufridos pacientes. Pero, como tantos otros, también Scozetta, a partir del encuentro directo, del contacto personal con Francisco y su obrar no sólo prodigioso, sino también revelador y evangelizador, cambiará de actitud y de perspectiva. Y es que precisamente tal vez radique aquí una de las vertientes más eminentes de la actividad evangelizadora de Francisco: ser un hombre de Dios no por llevar una vida rara, ni por la maravilla excepcional que pueda provocar en la naturaleza considerada tal maravilla en sí misma, sino por el efecto que causa en aquellos que con él se encuentran: cambiar perspectivas, cambiar la estrechez de sus puntos de mira y abrirlos hacia lo que sobrepasa las propias expectativas; bien mirado, es eso y no otra cosa lo que suele llamarse “conversión”...

 

Hacia Francia

 

“Luis XI... movido por la santidad del Beato varón y deseando verle en su presencia... ”(Bula Excelsus Dominus). En 1482 el poderoso rey de Francia Luis XI, del que se dice que tras ocupar Borgoña puso las bases del Estado francés, está enfermo. Padece una arteriosclerosis que le ha deparado ya un par de apoplejías. Se siente y vive físicamente deteriorado. Se ha hecho traer reliquias de todas partes (¡el Papa Sixto IV le envió incluso un corporal sobre el que había celebrado San Pedro!), esperando, desde una actitud en la que la fe se desequilibra notablemente hacia la magia o la superstición, remedio para su mal. Un mercader napolitano, cuya mujer habría concebido gracias a las oraciones de Francisco de Paula, habla con un escudero regio sobre aquel ermitaño de Calabria; el escudero se lo dice al rey y el rey llama al mercader a su presencia; poco tiempo más tarde, si no por la santidad, sí por la aspiración de recobrar la salud, el rey envía una misión a Calabria y Sicilia (¿Nápoles?) para que traigan a Francia al ermitaño milagrero. Los enviados llegaron a Paterno aquel mismo año de 1482, donde hallan a Francisco con un solo compañero (la declaración del testigo 5 del turonense nos da indicios que impelen a pensar en una Congregación todavía con cortos efectivos). A Francisco de Paula no se le ha perdido nada en Francia; el rey manda más gente a convencerlo... Francisco no se mueve; el rey cristianísimo busca el apoyo del monarca de Nápoles y la intervención del Papa Sixto IV; ambos, por razones políticas, le complacen. El Anónimo nos habla de dos obediencias. Francisco obedece a la intimación de sus máximas autoridades civiles y religiosas y parte probablemente el 2 de febrero de 1483.

No sabemos con quién va. El Anónimo se refiere a uno de sus ermitaños, pero de tal referencia no puede excluirse que fuesen más. El testigo 85 del proceso calabrés sólo nos habla de uno; el testigo 23 del mismo proceso menciona a un sobrino y dos frailes. Los viajeros pasan por Nápoles, donde Francisco es recibido en olor de multitudes y donde se entrevistaría con el rey Fernando (suele situarse aquí el episodio en el que Francisco, reprochando al monarca su voracidad impositiva, rompe una moneda de la que brota sangre).

Después los viajeros se detienen en Roma; allí le van a ver los Cardenales y tiene largas audiencias privadas con el Papa, quien le concede cierta familiaridad. Francisco debió recibir concretas instrucciones sobre la actividad a favor de la Santa Sede que debería desempeñar en la corte francesa; se supone que también se trataría sobre la joven congregación paulana. ¿Quiso Sixto IV conferirle el sacerdocio? Contentémonos con el interrogante, aunque, a decir verdad, en un tiempo en que con gran facilidad se hacían cardenales y obispos, no es tampoco de extrañar que el Papa quisiera hacer sacerdote (¿qué menos?) a un hombre que tiene cierta fama de santo y del que, además, esperaba obtener buen provecho.

Sobre esta estancia de 6 a 8 días en Roma se nos ha transmitido la formulación por Francisco de varios vaticinios. Vaticinio de la erección del convento de Ss. Trinitá dei Monti; vaticinio de que Julián della Rovere le aprobaría el voto de vida cuaresmal; vaticinio de que Juan de Médici le canonizaría. ¡Extrañamente no vaticinó nada de Rodrigo Borja (futuro papa Alejandro VI)! La predicción menos desdeñable es la del futuro pontificado de Julián della Rovere; las raíces de la tradición se sitúan en una de las cartas de patrocinio para la canonización, que se remite a una noticia recibida de auditu, en la que, sin embargo, para nada se menciona el cuarto voto. El resto de pronósticos parecen amplificaciones ex eventu de finales del siglo XVI o inicios del XVII.

Francisco prosiguió su camino por mar hacia Francia. Se ha discutido si hizo o no escala en Génova. Hacia el 24 de abril llegaron a Lyon (el rey había escrito previamente para que se le recibiera y festejara lo mejor posible, como si se tratara del Papa). A finales de abril Francisco llegó a Amboise, donde le recibió el delfín Carlos. Desde allí fueron a Tours, donde fue acogido con grandes honores. Ya tenemos al eremita en la corte.

A inicios del mes de mayo de 1483, con gran regocijo del rey Luis, Francisco de Paula llegó a Tours. Los biógrafos suelen identificar a Bernardino de Cropalati y Juan Cadurio della Rocca como los dos frailes que le acompañaron. A ellos habría que añadir el sobrino Nicolás d’Alessio. Sin embargo, el Anónimo sólo nos habla de un religioso: Fray Bartolo. En un momento posterior se uniría a ellos Fray Baltasar de Spigno (aunque su presencia no aparece documentada hasta abril de 1484).

 

En la corte francesa

 

En la corte real Francisco continúa su modo de vida; frecuentemente conversaba con el rey. También aquí en Francia parece tuvo que sufrir la oposición de los médicos cercanos al monarca, quienes inducirían a éste a desconfiar del ermitaño; el rey era ya de por sí desconfiado; el anónimo nos da cuenta de las “pruebas” a las que Luis XI somete a Francisco.

Se nos han conservado una serie de cartas de entre junio y agosto de 1483 por las que conocemos que Francisco estaba desempeñando una labor importante en defensa de los intereses de la Santa Sede (por ejemplo, en relación a unos diezmos adeudados por Francia, derivados probablemente de compromisos contraídos con el Papa con ocasión de la cruzada impulsada contra los turcos). Francisco, por otra parte, logra la intercesión del rey en favor de la aprobación de las constituciones de su congregación. El rey, aun patrocinando tal petición, viendo que el tiempo corre y que su salud no presenta mejoras, se duele ante el Papa (llega incluso a pensar que alguien estuviera aconsejando en contrario a Francisco); el Romano Pontífice, dando esperanzas a Francisco sobre la aprobación de la normativa, le intima a que no deje de utilizar todos los recursos a su alcance para la curación de Luis XI, llegando incluso, de algún modo, a supeditar tal aprobación al remedio de la real salud. Sorprende en estas misivas que Sixto IV se dirija a Francisco de Paula como “minorum de observantia” (está claro que aquí no se trata de error del amanuense, pues la denominación minimorum no parece todavía acuñada). ¿Es admisible sin más un error de apreciación del Papa, habiendo tratado con Francisco personalmente? ¿Cómo conjugarlo con la aprobación de la Congregación de 1474, en la cual los privilegios concedidos no eran los de los Mendicantes, sino los de los eremitas de Pietro Gambacorta? ¿Es de creer que tal conceptuación errónea la cometa un Papa que es, él mismo, franciscano?

Durante estos primeros meses en Tours Francisco realiza, pues, una triple labor: curandero, fundador-legislador, diplomático... La primera es una tarea fallida; Luis XI dejará esta vida a finales de agosto de 1483, si bien las tradiciones concuerdan en la saludable influencia del ermitaño respecto a las disposiciones espirituales del rey al abandonar este valle de lágrimas. Respecto a la normativa querida para su grupo, sólo obtiene promesas interminables (sin término). Como diplomático, consigue cambiar la actitud del rey respecto a los diezmos debidos (aunque llega un punto en que, reconducida ya la disposición del monarca, el mismo Sixto IV le indica a Francisco que no presione más sobre este asunto) y con su colaboración se publicará la bula contra Venecia (el Papa le encargará además obstaculizar la labor de los embajadores venecianos en tanto no lleguen los legados pontificios); también se atribuye a su influencia la recuperación del condado de Valentinois.

Hay un episodio de esta época que nos ha sido narrado por Montoya; lo mencionamos, aunque hay que tener una cierta reserva respecto a su exactitud histórica (Montoya cita al P. Jerónimo Capilla -cuyo escrito se perdió-, quien lo había sabido de otro a quien se lo había contado un capellán real...). Se trata de una conversación entre el rey y San Francisco en la que el primero le hace 3 preguntas y el ermitaño las contesta sin titubear (que no curaría de su enfermedad, que tenía que devolver al rey de Aragón los condados de Rosellón y Cerdaña, y que, tras su muerte, llegaría la herejía a Francia). La última es una predicción cuya indeterminación la hace infalseable (tarde o temprano, con mayor o menor alcance, alguna herejía se produce); la primera es una intuición que no presentaba mayor dificultad para alguien como Francisco; nos detendremos sólo en el asunto de Rosellón y Cerdaña. Es una cuestión sobre la que volveremos más adelante; bástenos recordar ahora que estos territorios habían constituido una garantía por la ayuda militar prestada por Luis XI a Aragón contra los catalanes rebeldes; al final, la ayuda francesa pronto fue retirada (alegando que con los catalanes había tropas de Castilla, que era aliada de Francia) y Luis XI se quedó con los condados. La solución habría pasado por pagar Aragón a Francia una contraprestación (en dinero o en favores) y que Francia restituyera a la monarquía aragonesa los territorios. Pero no había entendimiento. Constituía lo que se llama un contencioso internacional que parecía abocado a la sola solución militar... No hay acuerdo sobre si en este tema San Francisco de Paula intervino aconsejando en algo a Luis XI; todo parece indicar que al final de su vida Luis XI tenía intención de devolverlos; puede que lo dejara así ordenado en su testamento (de hecho, la documentación diplomática emanada con posterioridad por los Reyes Católicos alega siempre en su reclamación que Luis XI dejó ordenada esta restitución). Parece que poco antes de morir el mismo Luis XI había comisionado a un obispo para que fuera a Barcelona y se encargara de negociar; este enviado nunca llegó a realizar el viaje porque le fue impedido por la gente del círculo real.... Lo único claro es que el asunto quedó a la muerte del rey Luis sin resolver y que habrían de pasar todavía casi diez años antes de que se llegase a una solución pactada.

Luis XI, antes de morir, encomendó al eremita que orase por sus tres hijos (Ana, Juana y Carlos). También nos dice el Anónimo que aquel rey murió convertido gracias a San Francisco (transformándose de “lobo rapaz” en manso “cordero”).

Cuando Luis XI muere, le sucede su hijo Carlos, un jovencito de catorce años; hasta su mayoría de edad ejerce como “regente" (si no de pleno derecho, al menos de hecho) su hermana Ana, mujer, según parece, muy capaz y astuta para los asuntos de Estado (¡una verdadera hija de Luis XI!). Estaba casada con Pedro de Borbón, señor de Beaujeu (de ahí que en la documentación la encontremos citada como Ana de Beaujeu o Señora de Borbón o Bourbon).

En este punto (Luis XI muerto y sepultado, Carlos VIII menor de edad reinando en Francia, Ana de Beaujeu ejerciendo la regencia) es inevitable que se nos plantee una pregunta: ¿qué pinta allí San Francisco de Paula? Recordamos que había vendo por mandato del Papa y del rey de Nápoles con la misión de curar al rey; había hecho de todo menos curarlo... ¿Por qué sigue en Tours? Tiene una congregación que apenas ha empezado a andar, que se mueve todavía a gatas, expansionándose lenta pero progresivamente por el sur de Italia.. ¿Qué retiene a Francisco en Francia? Se han formulado explicaciones “peculiares” (como, por ejemplo, que el rey Luis le hubiera gravado la conciencia, esta vez el rey al ermitaño, para que cuidase con su presencia, su consejo y sus oraciones de sus hijos, o también, por ejemplo, que Francisco hubiera previsto por una particular inspiración divina el desarrollo de su instituto en territorio francés; sin embargo, cabe recordar que tanto el Anónimo como los procesos nos hablan de haber profetizado Francisco, veinte o siete años antes respectivamente, su ida a Francia, no el quedarse allí para siempre). ¿Ha pensado Francisco que su Congregación pueda llegar a implantarse en Francia? En este momento no tiene ningún convento propiamente dicho, está en una pequeña morada viviendo de prestado y, desde luego, no tiene vocaciones...Vayamos, por tanto, a examinar motivaciones más consistentes.

¿Tiene Francisco que proseguir la labor diplomática que el Romano Pontífice le había encargado? Esto es sin duda más pensable. Hasta el momento en Francia Francisco había obtenido más éxito como diplomático que como taumaturgo. Que se quede por interés e intimación del Papa puede ser una razón atendible. No falta quien la considere la más importante, al menos hasta que la Santa Sede tenga aseguradas sus posiciones en ese momento de sucesión o tránsito. Buena motivación, pero no tal vez la única. Acaso Francisco confía todavía en lograr la aprobación de aquellas constituciones de su congregación. Después de todo, Sixto IV le había “prometido” aprobarlas. Si Francisco prevé seguir contando (como así será) con el apoyo de la monarquía francesa, es lógico pensar que vea ahí posibilidades más claras de aprobación de dicha normativa que si vuelve a Calabria, donde, además, no puede prestar ningún servicio de contrapartida a la Santa Sede; tal previsión parece tanto más fundada si se piensa que ahora Su Santidad no podrá vincular la aprobación a la salud del rey. Ya que le hicieron venir a este país lejano, cuya lengua no habla, ya que se le ha tenido en un medio extraño, la corte (esas “casas reales donde por la mayor parte sobran más vanidades que virtudes”, en expresión de Montoya), cuidando de recordar diezmos, patrocinar la publicación de bulas y aconsejar la restitución de condados, actividades todas ellas no precisamente propias de un ermitaño, que menos que esperar regresar con las constituciones pontificiamente aprobadas en el zurrón.

Pocos datos tenemos de lo que ocurre entre el verano de 1483 y el invierno de 1484; sólo sabemos que Francisco sigue en Tours con un par de compañeros. Tenemos datos de que entre enero y abril de 1484 se reúnen los Estados Generales. En abril de 1484 San Francisco escribe al Papa, enviándole a fray Baltasar, el cual había de comunicarle de viva voz “algunas cosas” que en aquella reunión se habían tratado contra su Santidad y la Sede Apostólica, así como las correlativas gestiones que en interés de la misma el eremita había llevado con el rey y su Consejo.

En agosto de 1484 muere Sixto IV, el que tantas buenas palabras (más que hechos, desde luego) había transmitido a Francisco sobre una futura conformidad a la regulación por él elaborada. Algunos historiadores son del parecer que Francesco della Rovere nunca vio claro el asunto de tales constituciones; había aprobado la congregación cuando ésta era un pequeño grupo eremítico en Calabria con dos o tres casas, pero casi diez años después, con Luis XI y sin él, la realidad es que dio largas... En la cátedra de Pedro le sucedió el genovés Juan Bautista Cibo, elegido en un cónclave en el que contó con el apoyo de Julián della Rovere, compitiendo con un candidato del cardenal Rodrigo Borja.

Implantación de la congregación en Francia

Se nos hace realmente difícil determinar en qué momento Francisco de Paula comenzó a ver clara la posibilidad de implantar su congregación en Francia. Él residía en un pequeño alojamiento en el castillo de Plessis, junto a los aposentos de los criados, de la gente que estaba al servicio de la corte, junto a la iglesita de San Matías que servía como de parroquia del personal doméstico. Tenía una pequeña asignación, un pequeño subsidio, trabajaba acaso alguna pequeña parcela de tierra y estaba allí con uno, dos, a lo más tres frailes compañeros.

A partir de 1485 tenemos documentados los primeros actos tendentes a la implantación (o al menos a una cierta permanencia) de la congregación de ermitaños en Francia, así como los intentos (que continúan) de conseguir una regulación adecuada. Sería en 1485 cuando obtendría el apoyo de Ana de Beaujeu y de su hermana Juana de Valois, comenzando a construir el convento de San Matías; hay aquí un problema de divergencia entre los que se han ocupado de estudiar este tema, sobre si la capilla era de San Matías o de San Mateo, parece que se trataba de la capilla de San mateo cerca de la iglesia de San Matías, aunque el convento se llamaría de San Matías por hallarse dentro de la parroquia de ese nombre; la documentación aparece confusa y la más fiable y antigua se ha perdido. Retengamos al menos esta idea: que hacia 1485 Francisco intenta ya aposentar establemente su congregación en Francia. Ya no actúa como el ermitaño Francisco llamado a obrar prodigios por su santidad o metido en gestiones diplomáticas aprovechando su ascendiente ; en este momento tenemos que pensar predominantemente en Francisco como fundador y superior de una congregación religiosa. En 1485 intenta, con el apoyo del jovencísimo Carlos VIII (convenientemente aconsejado por su hermana Ana) que el Papa Inocencio VIII le apruebe una normativa para su congregación. Nos ha llegado la respuesta de Inocencio al rey en julio de 1485; el Papa aplica la prohibición de nuevas religiones del Concilio Lateranense IV, sugiriendo que Francisco escoja para su congregación una de las Reglas preexistentes.

¿De qué se pedía la aprobación? Sabemos que, viviendo el rey Luis, se había pedido a Sixto IV la aprobación de unas “constituciones” que Francisco se había traído de Italia. La reglamentación que Inocencio VIII recusa no parece tratarse de aquellas Constituciones; sí que podría tratarse, en cambio, del texto al que se ha dado en llamar “Proto-regla”. Se conoce usualmente como “Proto-regla” un texto que fue reencontrado o recuperado por Mons. Fiot en una biblioteca de París hacia 1974-1975 (no fue un descubrimiento, sino más bien un reencontrar, porque el texto había sido ya consultado y citado en 1967 por Whitmore al estudiar la Orden de los Mínimos en Francia en el siglo XVII). La Proto-regla es un texto manuscrito en francés que lleva al inicio en números romanos: 1474. ¿Por qué esta fecha? No se sabe. Galuzzi creía más probable que se pudiera fechar hacia 1484. Tiene como título o encabezamiento: «Regla y vida de fray Francisco, pobre y humilde ermitaño de Paula, que da a sus frailes que quieran entrar y vivir en su Orden”. Ya Galuzzi expresaba su perplejidad (cuando en 1992 publicó el texto en el Bollettino Ufficiale dell’Ordine dei Minimi), haciendo ver la impropiedad del término “Orden” -sobre todo si lo consideramos en 1474-; asimismo, el que se designe a Francisco como “pobre y humilde ermitaño” sería un indicativo de que otros colaboraron en la redacción... Hagamos un inciso: hay que abandonar la idea de que Francisco de Paula cogiera la pluma y escribiera a renglón seguido una Regla o unas constituciones; no entramos ahora en la instrucción de San Francisco; bástenos tener claro que ya desde el momento de la Decet Nos en 1470, Francisco tiene colaboradores, gente que le ayuda, sugiere, aconseja, algunos sin duda más preparados que él, más duchos en las ciencias humanas y eclesiásticas (ya en su día mencionamos al Padre Baltasar de Spigno), que colaboraron con él en los diveros pasos de la aprobación y de la reglamentación de la Orden, no hasta el punto de substituirlo, pues en último término éra él quién decidía según lo que veía ser la voluntad de Dios y según las “inspiraciones” -aquí sí podemos hablar así- que Dios le daba... Esto es así, sin que, sin embargo, esté claro que pueda ello necesariamente deducirse de la expresión citada (“pobre y humilde ermitaño”), ya que hemos encontrado expresiones de autodenominación similares en sus cartas. Un estudioso francés, E.R. Labande, quien ha examinado también este manuscrito de la Proto-regla, cree que, por la escritura, puede fecharse entre 1485-1490, rechazando de plano su composición en 1474 (conjetura que tal vez se anotó tal fecha en el frontispicio para “recordar” la primera aprobación pontificia); además, por otros detalles, parece claro que el escrito ha sido redactado para una comunidad que vive en ambiente francés (pensemos, por ejemplo, que aparece ya en él la denominación del superior como “corrector”, denominación que en Calabria era enteramente desconocida). Su finalidad sería la instrucción de postulantes. Se trata, además, de un texto en el que toda infracción lleva aparejado su castigo; así hay quien habla de la Proto-regla como una regla-correctorio. Sigue el interrogante sobre si fue éste el texto presentado a Inocencio VIII. La Proto-regla presenta algunos rasgos franciscanos, algunos de la Regla atribuida a San Agustín, algunos de las Constituciones de Pedro de Pisa; muchos pasajes son trasunto de la Regla benedictina.

Al parecer, en este año de 1485 Francisco hace venir de Italia a tres frailes: Bernardino de Cropalati (o le acompañó sólo parte del viaje, o vino y se volvió, o viene ahora por primera vez, se hace difícil precisarlo), Jacobo Presenda y un tal Juan Auxmayda; además, se aceptarían los primeros novicios franceses: Jacques Lespervier y Jean Mongobert (¡aunque hubiera habido más aspirantes, tampoco había sitio!). En marzo de 1486 Inocencio VIII expide la bula Pastoris officium, por la que confirma la congregación de hermanos ermitaños del eremitorio de San Francisco en Paula (confirma lo ya aprobado por Sixto IV en la Sedes Apostolica), lo que hace pensar que alguien ponía trabas al nuevo instituto; siempre hay un rechazo de lo nuevo o de lo que constituye novedad en un lugar determinado, más si se presenta con un plus de rigor (como si se quisiera ser más, más penitente, por ejemplo). De otro lado, también hay que pensar en que los institutos, sobre todo en aquel tiempo, viven de los beneficios que les conceden los señores: cuantos más sean a repartir, menos trozo del pastel les corresponde... No ha de extrañarnos, pues, que cuando Francisco intenta llevar adelante a su congregación en Francia y le empiezan a edificar un convento, encuentre oposición; de ahí, que se pidan confirmaciones (aparentemente innecesarias) de algo aprobado anteriormente.

Entre 1485 y 1490 se registra un doble fenómeno: de una parte, en Francia se incrementan los efectivos de la congregación con aspirantes venidos algunos de ellos de experiencias monásticas o religiosas previas (es el tiempo en que ingresan Panduro, Boyl, Michel Mathieu, Binet, Lyonnet, Cerdon, etc., aspirantes la mayoría bien preparados, gente de “spicco”); advirtamos que hay que ser cautos respecto a ciertas fechas indicadas por el Minimologium Turonense, manuscrito de la segunda mitad del XVII, cuya exactitud y fiabilidad en lo que atañe a este período ha sido frecuentemente supravalorada. De otra parte, está documentado que el movimiento sufre una cierta crisis en Calabria, donde algunos piden pasar a otras órdenes (dominicos, benedictinos, franciscanos) o vivir extra claustram, retirarse con el mismo hábito a vivir en mayor o menor soledad, pero en todo caso bajo otro status.

Se trata, pues, de dos tendencias contrarias. Las salidas acaso haya que atribuirlas a que no se ha aprobado la congregación como Orden, a la confusión normativa o identitaria, a un desconcierto originado acaso por la falta en Italia de una personalidad fuerte o suficientemente preparada, capaz de suplir la lejanía de Francisco (según nuestros datos, nos encontramos con Baltasar de Spigno viviendo entre Roma y Tours, con Bernardino de Cropalati también en Francia...). Entre las motivaciones que se aducen , no falta la de no poder sufrir la austeridad del instituto, la enfermedad que impide seguir la aspereza de la religión, especialmente respecto a la vida cuaresmal (no aparece esta expresión, sino que se habla de la “abstinencia de carnes y lacticinios”).

En Francia, aumentando el número de los aspirantes, hubo que empezar a pensar en otros lugares. En 1488, con el patrocinio de la familia real, se inician las primeras gestiones (adquisición de terrenos, por ejemplo) para fundar en Amboise. Y al año siguiente se proyecta un establecimiento más adecuado dentro del parque de Plessis, un lugar un poco más retirado, no pegado a la trastienda palaciega, un lugar donde los religiosos de fray Francisco puedan vivir de un modo más acorde con su vocación.

Más arriba hemos mencionado a algunos de los aspirantes que ingresan entre 1485 y 1490. Detengámonos, por el momento, sólo en uno de ellos: François Binet, prior de la célebre abadía de Marmoutier, personaje eclesiástico de primera división; no es de extrañar que se produzca una situación conflictiva cuando tal personaje quiere abandonar la religión del Padre San Benito para pasar al grupúsculo de Plessiz-les-Tours regido por el varón rústico e iletrado venido de Calabria. Y el abad de Marmoutier se opone. Y Binet que insiste en su propósito. Finalmente el conflicto tuvo que resolverlo en última instancia el arzobispo de Tours; dudó mucho antes de decidirse, pero al fin en 1490 viste a Binet con el hábito eremítico de Francisco de Paula.

Hay que darse cuenta de que en ese momento se carece de una Regla aprobada, conforme a la cual uno quiera vivir; no se trata de la forma de vida escrita-prescrita lo que atrae a aquellos aspirantes. Atrae San Francisco. Roberti transcribe en su Disegno la historia de la vocación mínima de Binet copiada de un historiador francés que se remite a un manuscrito que existía en el convento de Ssma. Trinità ai Monti de Roma. Es una narración deliciosa, de veracidad harto dudosa. Sí, el relato es muy probablemente inauténtico, pero nuestro ojo histórico e inquisitivo no debería hacernos olvidar que muchas veces detrás de un relato literario, edificante, inauténtico, detrás de una “novela”, se esconde un algo de experiencia verdadera. Probablemente sea difícil admitir que el encuentro entre Binet y Francisco se produjo en los exactos, detallados términos como nos viene referido, pero algo pasaría, algo debió experimentar aquel hombre en su encuentro con el santo varón para dar tan decididos pasos de cambio en su vida (y eso lo veíamos con Baltasar de Spigno, y podemos intuirlo con Bernardo Boyl, con Luis XI, con Antonio de Scozetta, con tantos otros que fueron impactados por su contacto directo con Francisco).

 

Últimos años

 

Los últimos años de San Francisco de Paula no debieron ser fáciles. El desarrollo de la Orden conllevaría no pocas alegrías pero también numerosos quebraderos de cabeza. Hay testigos que declaran que el Santo sufrió mucho a causa de algunos religiosos de su Orden. El esfuerzo por adecuar la normativa a las necesidades reales de la congregación fue constante y debió ser uno de las principales fuentes de preocupación para Francisco. Entre 1493 y 1506 se aprobaron por Roma cuatro sucesivas redacciones de la Regla. Mientras tanto la Orden entraba también en España y en Bohemia.

Finalmente, el viernes santo de 1507 Francisco de Paula moría en Tours. El 1 de mayo de 1519 León X le canonizaba.

 

P. J.M. Prunés. O.M.

 

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